En nuestra sociedad, siempre se nos ha hecho muy difícil ser empáticos. Posiblemente, Charles Darwin tenía razón al plantear la “Teoría de la Selección Natural” en la que las especies con mayor condiciones adaptativas tenia mayor probabilidad de persistir en nuestro mundo, provocando una lucha incansable entre “los más fuertes”.
Tal vez sea culpa de nuestros padres que siempre quisieron lo mejor para nosotros otorgándonos todo lo que nos fuera necesario y, en muchas ocasiones, “innecesario” solo para satisfacer nuestros placeres y las propias necesidades no cubiertas por ellos mismos.
Quizás, el culpable es nuestro carácter hedonista potenciado - claro está - por nuestro voluminoso “Ello”, que siempre aflora en situaciones en las que nos vemos perjudicados. Al parecer, pueden existir diversos responsables de nuestro “accionar egoísta” poco acorde y productivo al concepto de “vivir en sociedad”. Sin embargo (y, a la vez, disculpándome si algún “Padre o Madre” se sintió ofendido(a) con mi comentario), el principal causante de esta actitud en la mayoría de nuestra población somos nosotros mismos. Nuestro carácter “egoísta y luchador” se ha perpetuado a través del tiempo y sigue generando secuelas significativas en la “desarmónica” convivencia que mantiene nuestra sociedad. Es difícil “desentropizar” o equiparar imparcialmente la coexistencia entre los integrantes de nuestra comunidad, sin embargo no hay “peros” que valgan cuando el poder está en nosotros mismos. Sin lugar a dudas, el verdadero poder de cambio, a nivel paradigmal, está en las personas y, como tales, - en conjunto con su facultad evolutiva y adaptativa - debemos atender y comprender que no se vive solo en este mundo y que, si bien, tenemos capacidades y limitaciones, éstas golpean con distinta intensidad a cada integrante de nuestro pueblo creando condiciones de vida que repercuten significativamente en nuestro transitar diario. Por consiguiente, debemos tener claro que en una sociedad pluralista, el respeto al otro es básico para comenzar a “armonizar” nuestra convivencia. Sin este carácter, es muy difícil no caer en los prejuicios y posterior discriminación que hoy en día un gran porcentaje de la población sufre a causa de la inconsciencia social de aquellos que no comprenden la palabra “respeto”. Y el caso de las Personas con Discapacidad es mucho más delicado.
En la actualidad es casi evidente la discriminación de las Personas con Discapacidad pues no existe una conciencia social que ampare o considere no solo a éstos sino que a cualquier grupo social con limitaciones marcadas. Basta con escuchar o leer las noticias y ver que Don Carlos Reyes, una persona no vidente, “chocó” con una escultura que se posicionaba enfrente de nuestro Palacio de Gobierno, provocándole problemas en su condición de salud. Pues entonces, ¿Quién regocija a las personas cuyas limitaciones repercuten con mayor intensidad en su condición de vida?, ¿Existe aquel respeto que se debe integrar como pilar fundamental de nuestra coexistencia? Al parecer la respuesta no es tan difícil, si basta con mirar nuestra propia Facultad de la Salud y darse cuenta que solo “recientemente” se están instalando distinta infraestructura arquitectónica (Ascensores, ramplas, etc.) que faciliten o colaboren en la vida de “posibles” PcD de nuestra universidad.
Por otra parte, en el mundo de la Política, la discapacidad es un tema controversial. No solo porque cerca de 2 millones de personas en nuestro país sufren de alguna limitación sino porque también su incorporación al Programa de Integración de cada partido sería una práctica manera de ganar adeptos (buen blanco de obtención de votos – considerando la cantidad - al integrar políticas públicas que cubran las necesidades básicas de tales personas). Dentro de esa perspectiva, ¿Es natural la unificación que todas nuestras autoridades y figuras políticas proponen? Tal vez, esto explica la falta de fiscalización a cargo de nuestros representantes públicos que si bien exponen ideas interesantes y revolucionarias que buscan cambiar la mirada sesgada, caen en la pasividad e indiferencia al ya haber cumplido el objetivo proselitista.
La Ignorancia es otro factor negativo pues está más que claro que la mayoría de nuestros compatriotas ni siquiera conocen el concepto de “Discapacidad” y, en mayor medida, el de los Derechos de estos mismos cayendo en el mismo síndrome que les ocurre a los políticos.
Al parecer, nuestra inhóspita situación actual nos impide avanzar o evolucionar en esta área que tanto nos incumbe a los estudiantes de Terapia Ocupacional. No basta con la fiscalización, ni con el aumento de leyes a favor de los PcD, sino más bien un cambio actitudinal y paradigmal, vale decir, una revolución cultural que integre incondicionalmente a todos aquellos con intensas limitaciones que interrumpan visiblemente en el desempeño de sus ocupaciones.
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